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El descenso al infierno del conflicto bélico Por David Reszka+

 

La Chaqueta Metálica es, sin lugar a dudas, una de las más polémicas y magnéticas obras de Stanley Kubrick. El título en cuestión ha sido severamente criticado por muchos de los fans del director, especialmente por la sensación de vacío que causó la segunda hora de la obra en comparación con los magistrales cuarenta minutos iniciales. Considerada por muchos una de las mejores películas bélicas sobre el conflito de Vietnam, a la altura de Apocalypse Now y Platoon, constituye un verdadero ataque a ese absurdo conflicto que es la guerra y al deshumanizado y humillante reclutamiento al que se someten los jóvenes soldados antes de introducirse en ella.

La estructura de la película es verdaderamente interesante. Ya comentaba en mi crítica de Tiburón que muy pocos directores se atreven a dividir sus películas en dos partes. En el caso de Kubrick los cuarenta minutos iniciales de reclutamiento sirven como un desgarrador entrante para la segunda parte, el conflicto bélico y sus nefastas consecuencias. Aquí Kubrick transmite al espectador la degradación constante a la que se ven sometidos los hombres que deciden alistarse en el Ejército. Unos quieren actuar patrióticamente por su país y otros quieren demostrarse a sí mismos y a sus familiares que tienen el coraje suficiente para ir a la guerra. Independientemente de las razones, creencias y necesidades de los reclutas, todos se verán subyugados por la brutalidad del entrenamiento militar llevado a cabo por el sargento Hartmann. Esta constante humillación y degradación de la dignidad humana tiene como objetivo desposeer de toda sensibilidad a los soldados y convertirlos en máquinas de matar. La personalidad de los reclutas se ve sometida desde un primer momento cuando se ven desprovistos de su cabello. El aprendizaje pretende ser un “renacer del alma” cuyas bases serán la omisión de la identidad y la privación de sus derechos.

El brutal reclutamiento ha hecho estragos en la mente del recluta Patoso

Es evidente que estas condiciones infrahumanas pueden causar estragos en los más débiles. En este caso toda la vulnerabilidad del espectador ante una situación de estas características se ve representada en la figura de ‘Patoso’ (magnífica interpretación de Vincent D’Onofrio). El joven, de una constitución gruesa, es constantemente humillado por el sargento Hartmann. Sus compañeros sufren las consecuencias de su ineptitud. Los constantes obstáculos que se ponen en su camino crean una pared entre sus compañeros, que lo odian, y él. La humillación y el rechazo lo separan del resto, y cuando sus propios “hermanos” lo amordazan y lo apalean con pastillas de jabón envueltas en mantas, Patoso se ve solo, inmerso en la oscuridad de un mundo en el que no hay sitio para él. Poco a poco va degenerando hasta el punto en el que empieza a hablar consigo mismo, mirando fíjamente a su rifle Charlene, con los ojos en blanco y con una escalofriante sonrisa. La sensación de estar solo en “un mundo de mierda”, como él mismo lo define, lo arrastrará a la locura y, la noche después de su graduación, cogerá un rifle cargado, matará a Hartmann y se volará la cabeza en un retrete.

 ‘Los soldados se ven sometidos a un duro entrenamiento donde se verán desprovistos de su personalidad, de la capacidad de pensar por sí solos (siempre tendrán que obedecer órdenes de superiores) y su cabeza estará atestada de odio. Son máquinas de matar sin sentimientos, verdaderos robots enviados a la guerra con el único objetivo de acabar con toda vida humana’

Todas estas impactantes imágenes y sensaciones constituyen uno de los hitos cinematográficos más extravagantes de la década de los ochenta y, probablemente, de la Historia del Cine. Esta introducción de cuarenta minutos contiene el siguiente mensaje: los soldados se ven sometidos a un duro entrenamiento donde se verán desprovistos de su personalidad, de la capacidad de pensar por sí solos (siempre tendrán que obedecer órdenes de superiores) y su cabeza estará atestada de odio. Son máquinas de matar sin sentimientos, verdaderos robots enviados a la guerra con el único objetivo de acabar con toda vida humana. Si no creen que Kubrick es un genio por plasmar con tanta maestría lo absurdo de la guerra en esta primera parte, esperen y vean la segunda, el verdadero conflicto. Esa hora y diez de película tan criticada pero que no tiene absolutamente nada que envidiar a los cuarenta minutos iniciales.

Cowboy ha caído

En esta otra pieza del gran puzzle, Kubrick muestra las horribles consecuencias del adiestramiento. Como ya he comentado un par de veces, el reclutamiento ha creado máquinas de matar que ahora están sueltas en el campo de batalla. El instinto salvaje de cada hombre será desatado en cualquier momento. La guerra es absurda. Los civiles son los primeros que sufren las consecuencias. Muchas mujeres y niños son ejecutados sin sentido. Los cadáveres de los enemigos son apilados en trincheras y rociados con cal. Las jóvenes se ven obligadas a prostituirse con los soldados americanos por diez miserables dólares. Las ciudades quedan hechas cenizas. Las almas de todos los involucrados se ven corrompidas y ningún hombre volverá a ser el mismo.

 ‘El personaje de Joker nunca ha matado a nadie y no se ve capaz de hacerlo. Dice ser una máquina de matar pero lleva una chapa con el símbolo de la paz colgada en el pecho (dualidad de pensamiento/incongruencia de la guerra) ‘

En cuanto a los personajes, su desarrollo en esta segunda parte es mucho más claro. Joker se ha convertido en periodista de guerra y su compañero Rompetechos lo acompaña a todas partes. Joker (interpretado por Matthew Modine) siempre se jacta de haber estado en las trincheras, de ser un veterano de la Guerra de Vietnam, pero no es así. De hecho, esta actitud de superioridad y de irreverente presuntuosidad ante los demás deja claro que es un personaje que teme entrar en combate. Nunca ha matado a nadie y no se ve capaz de hacerlo. Él dice ser una máquina de matar pero lleva una chapa con el símbolo de la paz colgada en el pecho (dualidad de pensamiento/incongruencia de la guerra). La evolución de Joker a lo largo de la película es más bien lineal, a excepción de la catarsis interior que vive en los últimos minutos de película, cuando su compañero Cowboy ha muerto y cuando se ve obligado a acabar con la joven y hermosa tiradora vietnamita. Esta es la escena más sobrecogedora, brutal y perturbadora de toda la película. Kubrick nos coge el cuello como hizo Hartmann con Patoso en el reclutamiento, nos pone de rodillas frente al cadáver moribundo de la adolescente y nos grita: ¡Esto es la guerra, en esto nos hemos convertido!

Stanley Kubrick rodando

 El resto los personajes también sufre una evolución. Probablemente una de las más llamativas sea la del personaje secundario Rompetechos. Al principio le da arcadas ver cómo un soldado dispara indiscriminadamente contra los civiles indefensos que corren despavoridos, pero luego reirá de manera histriónica al disparar a la joven francotiradora que antes he mencionado. Sin embargo, aunque Joker, Rompetechos, Patoso y Cowboy sufren cambios a lo largo de la película, es inevitable sentir que La Chaqueta Metálica es una película fría, cruda en sus imágenes, con unos personajes tan distantes que resulta imposible mantener un lazo de unión con ellos. Todo resulta tan creíble (desde los perfectos decorados de una ciudad derruida hasta los claustrofóbicos pasillos blancos del pabellón de reclutamiento – típico del cine de Kubrick), que es inevitable sentir constantemente que estamos ante una película expositiva con aires de documental.

 ‘Aunque La Chaqueta Metálica sea una de las películas más importantes del cine moderno, no recibió más que una nominación al mejor guión adaptado ‘

Para acabar me gustaría mencionar varias curiosidades de la película que me llamaron la atención, como el hecho de que R. Lee Ermey, que interpreta al sargento Hartmann y que recibió una nominación al Globo de Oro por su magnífica actuación, era instructor en la vida real e improvisó varias secuencias de la película, como el discurso inicial. Por otra parte Vincent D’Onofrio engordó considerablemente para el papel de Recluta Patoso. A pesar de todos estos factores, ninguno de ellos fue nominado a los ilícitos Premios de la Academia. Lo que es más, aunque La Chaqueta Metálica sea una de las películas más importantes del cine moderno, no recibió más que una nominación al mejor guión adaptado. Al siempre polémico pero magistral Kubrick lo tenían en la lista negra. Nunca ganó el Oscar y sin embargo es, en mi opinión, el mejor cineasta de todos los tiempos.

 

_David Reszka – Critica Tu Cine @David_Reszka

 

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