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‘Las Ventajas de ser un marginado’ – Olvidar lo que hemos sido Por Gonzalo Hernández Espinosa+

Empezar abordando ‘Las ventajas de ser un marginado’ hablando del último año de instituto puede no ser algo excesivamente original. No descubre nada, ninguna lectura oculta, ninguna gran prosa. Pero es el corazón de la película de Chbosky. En ello radica parte de su clave.
 
Es el último año de instituto, y Charlie acaba de salir de una depresión. Su mejor amigo se ha suicidado. Es un marginado. Tímido, introvertido, con cierta sensibilidad, solitario y enamoradizo. Es el pringadillo perfecto para protagonizar una película con sentimiento de trascendencia, de convertirse en humilde referente para un pequeño sector de personas que encontrará consuelo en un historia que verán escrita para ellos, observando su reflejo en cada momento, entre las frases impecablemente esculpidas y los rostros melancólicos de sus actores. Una actriz joven, icono adolescente de una década, y un semidesconocido interprete de 16 años, guapo al modo nerd americano, acarreando en sus hombros encorvados, en su mirada baja y huidiza, el retrato perfecto del chico que, antes de llegar a los 20 años, sabe lo que es la infelicidad y la confusión.
 
 ‘Es fácil perderse un poco entre las excentricidades y las mentiras, entre las caracterizaciones de esos jóvenes de alma cool, entre los retratos sociales ya conocidos y los pensamientos ejecutados en el momento idóneo, todo demasiado bien hecho para creérselo’
 
Tal vez uno pudiera aportar cierto valor adicional a una historia como esta personalizándola en la vida de uno mismo. En parte es lo que busca y eso la beneficia. Muy conscientemente. Uno puede entrar en su juego, y si finalmente lo hace, la película conseguirá hacerle conectar. En caso contrario, es muy fácil perderse. Evadirse del asunto, y obviar la fuerte intensidad adolescente que Chbosky impregna a todo el conjunto. El escéptico acabará sentado en el sofá del sótano junto a la punk budista y el chico gay de la clase. Mirando al joven solitario que escribe poemas y escucha ‘Asleep’ de los Smiths, mientras su amor platónico, que tiene un gusto exquisito en cuanto a moda y le encanta ‘Héroes‘ pero nunca ha oído hablar de David Bowie, se besa en la habitación de al lado con un tío más alto y fuerte que él.
 
Sí, es fácil perderse un poco entre las excentricidades y las mentiras, entre las caracterizaciones de esos jóvenes de alma cool, entre los retratos sociales ya conocidos y los pensamientos ejecutados en el momento idóneo, todo demasiado bien hecho para creérselo. Entre el primer beso a los 16 años con una botella de merlot que nadie bebe, el bizcocho de ‘chocolate’ que se come por primera vez, el chico que va en traje a clase, o el grito al atardecer del último día ‘para siempre’ de instituto.
 
  Todo esta controlado, medido. Cada mirada y cada frase. Cada réplica bien afilada y reflexiva. La típica idea verbalizada muy inteligentemente que más de uno acabaría poniendo como estado en Facebook. Todo ese afán generacional está ahí. La película no se libra de ello’
 
También está el ‘secreto’. El gran secreto que aparecerá en el último momento, tambaleando la estabilidad que el protagonista había conseguido conquistar con esfuerzo. La aparente felicidad desaparecerá tras la revelación desesperada que convertirá el trayecto en linea recta hacía la cima, en un circulo de vuelta al principio algo brusco pero más realista. Todo esta controlado, medido. Cada mirada y cada frase. Cada réplica bien afilada y reflexiva. La típica idea verbalizada muy inteligentemente que más de uno acabaría poniendo como estado en Facebook. Todo ese afán generacional está ahí. La película no se libra de ello. Y aunque no lo enaltece tanto como otros filmes que si han resultado muchísimo más irritantes en su carácter (y eso en parte la redime), lo cierto es que tampoco lo oculta.
 
 Son las batallas de la adolescencia, pero para ellos son ese momento y ningún otro y eso es lo que les hará ser lo que son’
 
Esta gente de 16 años se comporta como si tuvieran 20. Pero oye, los veo y los escucho. Es lo gracioso. Me conmuevo viéndola a ella alzar las manos en un túnel de autopista escuchando a Bowie gritar que son héroes. Caigo en la trampa vilmente y sin objetividad ninguna y tal vez eso acabe por sentenciar mi juicio negativamente. Y luego recaigo en el escepticismo, y al final pienso en mi, y en la autocomplacencia de la película y en la de Chbosky, y también en su sinceridad, porque es cierto que el filme la contiene y la transmite. Y luego llega el final. Y vuelven a alzar las manos, y los héroes vuelven a reunirse después del dolor. Y me sorprendo a mi mismo, porque no me lo esperaba. Son las batallas de la adolescencia, pero para ellos son ese momento y ningún otro y eso es lo que les hará ser lo que son. Luego tal vez lo olviden, porque es lo que suele ocurrir. Pero no sucederá entonces. Y me doy cuenta de que me han hecho recordar: yo también he estado ahí. Levantando mis manos hacia el cielo. Creyéndome infinito. Así era como me sentía.
 
 
_Gonzalo Hernández
 
 
 
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