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‘Lincoln’, un cuadro con visos de retrato oficial Crónica de nuestro nuevo bloggero Gonzalo Hernández Espinosa sobre la película 'Lincon' de Steven Spielberg+

Empezaré claramente. He entrado receloso a ver ‘Lincoln’. Llevaba días preparándome para la que sería otra obra destinada a la galería del museo dedicado a los retratos de figuras ilustres de la historia, esa zona en la que los cuatro jubilados de turno se quedan sentados en los bancos a mitad del pasillo durante largo rato, con la mirada perdida en las esquinas de la estancia, escuchando el eco de sus propias respiraciones. Sí, me esperaba otro filme con ínfulas de cuadro monárquico. Y aunque no se puede afirmar que ‘Lincoln’ esté totalmente exento de tales ambiciones, lo autocontrola más de lo esperado, al menos en gran parte de su desarrollo. Que lo mantuviera hasta el final, eso ya es otra historia.

La primera decisión inteligente que toma la película es la de centrarse, localizar el momento que le interesa, y focalizarlo. En este caso, el periodo de tiempo que abarcó la instauración y aprobación de la decimotercera enmienda de la Constitución de EE.UU según la cual la esclavitud quedaría prohibida en todo el territorio norteamericano, paralelamente a la Guerra de Secesión entre los estados del Norte y del Sur. Esta contienda ponía en grave peligro la aprobación de dicha enmienda, pues si los estados esclavistas del Sur ganaban la guerra o pactaban la paz antes de que saliera adelante, tendrían poder suficiente para bloquearla y hacerla caer en el olvido. Su economía se asentaba en las tierras. Por contra, postergar el fin de la contienda conllevaría sacrificar miles de vidas más en pos de un objetivo por el que muchos consideraban que no valía la pena esforzarse.

‘La psicología de Lincoln se dibuja de forma efectiva mediante unos elementos muy determinados: el hipnótico trabajo de Daniel Lee Lewis, su posición en la escena, y muy especialmente la iluminación’

La película nos cuenta, por tanto, todo el proceso que derivó hasta ese histórico momento, pero, en contra de lo esperado, no nos lleva a través de grandes exteriores, ni de orquestaciones pomposas, sino de manera mucho más intima, a través de las estancias en las que personas poderosas discutieron una serie de decisiones que marcarían el devenir de los Estados Unidos. La decisión asombra por cuanto el prólogo que abre el film nos da a entender que la imagen que veremos de Lincoln estará fuertemente condicionada, demasiado sesgada en su retrato, pero es solo la apertura, que siempre ha de ser determinante en las obras de Spielberg.

El desarrollo cambia, los exteriores desaparecen, gran parte de la acción transcurre casi enteramente en el interior de diferentes despachos. La psicología de Lincoln se dibuja de forma efectiva mediante unos elementos muy determinados: el hipnótico trabajo de Daniel Day Lewis, su posición en la escena, y muy especialmente la iluminación. Los claroscuros que dominan cada estancia, el fuerte contraste en la atmósfera se refleja siempre sobre el rostro de Lincoln. Rara es la escena en la que no lo haga. Un primer plano del actor, reflexivo, con esta iluminación resulta más expresiva que los monólogos que recita en varias ocasiones.

La obra tiene la clara intención de humanizar al personaje. Lo hace tomando la decisión lógica de adentrarse, no únicamente en las estancias oficiales, sino también en las íntimas. En las alcobas y dormitorios. Situando a su mujer, Molly, como figura clave, algo inestable emocionalmente, fruto de la perdida de uno de sus hijos en la guerra. Mujer de carácter, que tiene clara su posición, pero que no teme hacerse respetar en un mundo, el de la política, mayoritariamente masculino. Lo deja claro cuando, en una de las fiestas organizadas por su marido y el Secretario, se enfrenta educada pero certeramente al líder del sector radical del Partido Repúblicano, el personaje encarnado por Tommy Lee Jones, peluca ridícula mediante, en un trasunto benévolo del Anton Chigurg de Javier Bardem. Es así, mediante la intimidad del personaje, la relación con su mujer y sus hijos, como Spielberg empieza rompiendo la dinámica del ‘filme-retrato’.

‘Ningún elemento es aleatorio, y es ahí donde se encuentra una de las riquezas de la película’

Las escenas con mayor fuerza dramática serán siempre las que tengan lugar entre Lincoln, su mujer o su hijo mayor. Por contra, para el neófito en cuestiones políticas (entre los que me encuentro), la facción política de la película puede atragantarsele, y es seguro que lo haga. Pero ello tampoco debería ser razón para omitir el hecho de que, aún en estas situaciones, Spielberg consigue mantener el interés. ¿Los instrumentos de los que se sirve? Los comunes: una puesta en escena cuidadísima, atención a los detalles en cómo se relacionan los personajes, en cuándo aparecen o lo que hacen. Ningún elemento es aleatorio, y es ahí donde se encuentra una de las riquezas de la película.

‘La figura de Lincoln queda humanizada. El cineasta se lo trabaja durante gran parte del metraje, cuando lo pone ante decisiones difíciles’

Como todo filme de su director, ‘Lincoln’ es una película realizada con mimo, con atención a lo pequeño, aunque también aspire a mayores ambiciones. Tampoco es menos cierto que Spielberg no es objetivo del todo. La figura de Lincoln queda humanizada, sí. El cineasta se lo trabaja durante gran parte del metraje, cuando pone a Lincoln ante decisiones difíciles. Uno le perdona sus defectos. Lo hace sobretodo gracias a determinadas escenas, algunas muy brillantes. El clímax emocional entre Molly y su marido, o el primer momento en el que ella se derrumba en la penumbra de un dormitorio a oscuras, sentada en la cama junto a la ventana, que como todas las ventanas de la película, emite un resplandor cegador que dibuja el perfil de ella en la oscuridad, y su marido de pie enfrente, buscando confortarla. Son esos momentos profundamente Spielbergianos, que nos conquistan. Pero se derrumba cuando al final del filme, el director parece renunciar a su propia intención, y en una imagen terrible, horrorosamente autocomplaciente, con un Day Lewis que yace en una cama, como un fardo, ya muerto, iluminado como un mártir, en una imagen profundamente pictórica, aparece una vela en un vasito de cristal, empieza a sonar uno de los discursos más famosos de Lincoln, y la imagen de él empieza a sobreponerse, recortada y con una leve transparencia que dura al menos dos o tres segundos, a la imagen exacta de la llama ardiendo en la vela. La luz que ha guiado nuestras vidas y nuestros corazones, parece gritar Spielberg de un modo nada sutil, zafio y demasiado basto para alguien como él. Un instante que echa a perder gran parte del trabajo realizado. Después de buscar una humanización consciente de un personaje reverenciado, en un proceso realizado con cierto gusto y sutilidad, el cineasta busca expiar todos los pecados de su personaje, perdonarle, y finalmente canonizarle mediante el cine.

Al final la película ha caído en su propia trampa. Se ha convertido en un cuadro con visos de retrato oficial. Choca frontalmente con la segunda intención velada de la cinta. Como toda obra que retrata un hecho pasado y que busca reflejarse en su presente para explicar nuestra situación. La conclusión a la que se llega es clara y poco disimulada. La democracia no es perfecta. Deben hacerse sacrificios. Figuras como Lincoln las hicieron de manera muy drástica, aunque luego no se destaquen en los libros de historia. Todo, por supuesto, por un bien mayor. Debemos entenderlo, justificarlo. Lincoln tomó duras decisiones y sacrificó la vida de mucha gente, pero ¿con que fin? Con un fin justo por supuesto. Pero ¿acaso eso lo justifica todo? ¿Debemos, por tanto, perdonar a nuestros políticos por sus cuestionables decisiones? Es un tema espinoso el que acaba rozando Spielberg con ‘Lincoln’, y es que en los últimos minutos la película revela su auténtica naturaleza, su verdadera razón de ser.

Queda en el aire, como algo amenazante, no del todo respondido, la peligrosa idea de que el fin justifica los medios. Uno sale del cine con la ligera sensación… de que tal vez Steven Spielberg se refugió en su excusa, tras los claroscuros de las estancias de Washington, bien agarrado al busto de Abraham Lincoln, para ocultar entre los mohosos libros de historia su verdadero pensamiento sobre la democracia y la situación actual del mundo.

_Gonzalo Hernández

 

Con este  post sobre ‘Lincoln’, damos la bienvenida al blog a Gonzalo Hernández, alumno del Master en Dirección Cinematográfica, que participa así en los contenidos de la Comunidad TAI. ¡Bienvenido Gonzalo! Todos los que queráis participar no dudéis en ponernos en contacto con nosotros en comunicacion@escuela-tai.com

 

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