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‘Siete psicópatas’, el último film de Martin McDonagh Por Gonzalo Hernández Espinosa +

 
La primera y más lógica comparación que surge una vez vista ‘Siete Psicópatas’, su estética, sus ramalazos de violencia, sus diálogos y su autoconsciencia, es la del cine de Tarantino. El cine post-tarantiniano que se llama ahora. Es cierto que algo de él hay, pero es una pena que las primeras lecturas se limiten a la capa más superficial y evidente. La segunda película de Martin McDonagh esconde en su interior mucho más que una mera relectura del cine post-moderno, su humor y su naturaleza de cine directo que no se detiene en contemplaciones. Mira de cerca a películas como ‘Adaptation’ de Charlie Kaufman, y hace suyo parte del discurso que el guionista ya trató en el citado filme. La dualidad entre el cine de evasión y el cine más íntimo y personal. La diferencia está en que Kaufman trataba el tema desde la perspectiva del cine independiente y de ahí derivaba hacía un final con corrientes más comerciales. Aquí McDonagh hace exactamente lo contrario, y de un comienzo que evoca formulas recurrentes en Hollywood, evade poco a su cinta hacia un camino menos transitado.
 
‘Siete Psicópatas’ comienza como la típica cinta coral con toques de humor cínico, que se ríe de si misma, sin tomarse demasiado en serio desde el principio. Dos asesinos a sueldo están esperando en un puente la llegada de la víctima. Uno le pregunta al otro si alguna vez ha matado a alguien clavándole algo justo en el ojo. En mitad de la conversación, aparece un tipo con un pasamontañas al que hasta el último momento no vemos venir. Dos tiros a bocajarro a la cabeza, dos cartas que se tiran en ambos cuerpos, y comienzan los créditos. Psicópata Número 1.
 

A continuación conocemos al personaje central de la película. Guionista con un trabajo a cuestas, sin terminar. Una historia de la que sólo tiene el título: ‘Siete Psicópatas’, y un sólo personaje: el asesino de diamantes. Teóricamente la secuencia que acabamos de ver pertenece a una de sus primeras ideas. En seguida aparece su amigo, un Sam Rockwell en su salsa, totalmente desatado, que se entrevé rápidamente como un tío con mucha cara pero leal a nuestro protagonista, un Colin Farrell con un punto histriónico que le sienta muy bien a su forma de interpretar. Descubrimos que el personaje de Rockwell, Billy, se dedica a secuestrar perros para luego cobrar el rescate a través de su socio, Hans. Todo muy sencillo y fácil en apariencia. Hasta que da con el perro equivocado, un adorable Shih Tzu, mascota de abuela sentada en el porche, que es el amor incondicional de un duro y sádico mafioso encarnado por Woody Harrelson con excitante energía.

 
La película se mueve entre ambas tramas con una apariencia de caos engañosa, como si fuera tomando diferentes decisiones por el camino y de forma aleatoria
 
Así, la película se mueve entre ambas tramas con una apariencia de caos engañosa, como si fuera tomando diferentes decisiones por el camino y de forma aleatoria. Por un lado tenemos las decisiones y los personajes que el guionista va incluyendo en su historia, absorbiendo situaciones y vivencias que el hace suyas, literalmente. McDonagh decide ir alternando las tramas con las secuencias imaginadas por el escritor en base a las anécdotas que le van contando. La primera parte se mueve con agilidad entre una set pieces de acción muy eficaz y momentos de conversación metacinematográfica acerca de la naturaleza del guión de ‘Siete Psicópatas’ . Evidente juego de espejos.
 

Farrell se erige como alter ego de Martin. Éste le utiliza para verbalizar algunas de sus dudas acerca de la dirección que está tomando su historia. No esta del todo seguro de querer rendirse a la acción por la acción. Sueña con construir algo complejo, con diferentes capas, que retrate las relaciones entre las personas sin más complicaciones, rompiendo el tópico de que una película con asesinos y mafiosos debe ser necesariamente violenta. Rockwell es la voz de muchos espectadores que sólo buscan evasión pura en el cine. Lo deja claro en la escena del cementerio, cuando imagina un final esperpéntico, fuera de toda lógica. Christopher Walken, Hans, es en cambio ese tipo de público que añora un personaje con capas y dobleces, con tintes místicos.

 
¿Qué sucedería si de repente hiciéramos que los personajes acabaran exiliándose sin motivo aparente en el desierto a mitad de metraje, solo para hablar del sentido de la vida? Pues algo como ‘Siete Psicópatas’
 
La estratagema del perro, el mafioso tierno pero sádico, y la persecución que sigue es solo una mera excusa. Es el juguete que utiliza el director para experimentar (de forma muy light eso sí) con los mecanismos de la narración en una historia enmarcada en un contexto violento. ¿Qué sucedería si de repente hiciéramos que los personajes acabaran exiliándose sin motivo aparente en el desierto a mitad de metraje, solo para hablar del sentido de la vida? Pues algo como ‘Siete Psicópatas’.
 

Llega cierto punto en el que Martin decide que realidad y ficción se mezclen. Los personajes imaginados por Farrell para su guión acaban revelándose como parte integra del mundo real. Existen. No son ninguna invención. Es entonces cuando se desvela parte de la conclusión. Farrell no quiere un final con sangre. Pero Billy, su ‘personaje’ por excelencia, le obliga a ello. Al final tu protagonista se apoderará de todo, decidirá el rumbo de la historia, incluso cuando tu creías que aún podías cambiarlo. Porque llega un momento, en todo guión, en el que la fuerza que cobran tus criaturas es tal, que tú ya no puedes dirigirles, serán ellos mismos los que tomen el mando, llevándote por caminos que tu no esperabas, tal vez ni si quiera los deseabas, pero que son los que ellos han decidido, casi por motu propio. Al final es su historia, y no la tuya. Y ellos se encargarán de dejarlo claro.

 
 
_Gonzalo Hernández
 
 
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