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‘To the Wonder. El Fín del Romance’ Por Gonzalo Hernández Espinosa+

 

En 2007 el cineasta español Julio Medem estrenaba en España, con no poca expectación, su último largo de ficción después de 4 años de ausencia desde La pelota vasca y 6 desde Lucía y el SexoCaótica Ana llegaba a las carteleras para darse de golpe y porrazo con la indeferencia de todo el público y gran parte de la crítica. Grandilocuente, excesiva, pretenciosa, recargada de la filosofía new age de su director, a la película no se le perdonó su arrogancia. Su salto emocional al vacío quedó en agua de borrajas y la cinta cayó rápidamente en el olvido. Chamanismo, feminismo, espiritualidad entendida de una forma, puede que equivocada, pero muy personal. Nadie se atrevió a reconocer la valentía del trabajo, la ridiculez expuesta a la vista de todos. Caótica Ana era la clásica película de un cineasta que llevaba al paroxismo sus manías y su visión del mundo, su iconografía ya reconocible, hasta un límite de excentricidad que provocaba rechazo y ponía en bandeja que el filme se cuestionara constantemente, pero poseía un componente emocional intenso y poderoso en determinados momentos que la redimía de su autodestrucción. 

Terrence filma To the Wonder con el mismo archivo visual que ya utilizó en El Árbol de la Vida. La comparación es inevitable. Ambas están cortadas por el mismo patrón, tratan exactamente los mismos temas, aunque con un nivel de ambición diametralmente opuesto’

Con To the Wonder pasa exactamente lo mismo, pero ni Medem es Malick, ni el cineasta americano merece necesariamente más crédito que el primero. Ésta última obra contiene lo más exasperante de su cine reciente. Y seguramente se le justificará por su talento visual y por su nombre. Aún siendo una película con una debilidad de contenido evidente. Mal expresado, enfocado de manera equivocada, sin tensión ni intensidad. El gran mal de un una obra (y un cineasta) que cada vez juega más al trascendentalismo grandilocuente y paliducho. Terrence filma To the Wonder con el mismo archivo visual que ya utilizó en El Árbol de la Vida. La comparación es inevitable. Por mucho que alguna voz se alce empeñando encontrar en este último trabajo una particularidad que lo diferencie de su anterior obra, ambas están cortadas por el mismo patrón, tratan exactamente los mismos temas, aunque con un nivel de ambición diametralmente opuesto. Donde una era excesiva (y acertada en ese exceso), la otra pide a gritos mayores tensiones entre sus personajes. La contemplación en una funcionaba bien. Se complementaba con el poderoso dibujo de una relación paterno-filial que era el corazón de la película. To the Wonder intenta hacer lo mismo, pero con una relación de pareja en la que aparece un tercer elemento bastante testimonial. Olga Kurylenko, Ben Affleck y Rachel McAdams. Una mujer francesa que se enamora de un americano. Se traslada con él a Estados Unidos, en una breve estancia que termina cuando a ella se le acaba el visado, momento en el que él retomará contacto con una antigua compañera, la guapísima actriz rubia, que aparecerá en su vida como una presencia intensa, sincera, pero muy fugaz.

‘Aunque Malick tiene talento compositivo, y sabe mover la cámara con una fluidez única, no acierta a la hora de mostrar el amor de otra forma que no sea mediante la recreación de los cuerpos y las caricias’

La fe y el amor se unen de nuevo, pero esta vez Malick se muestra mucho más dubitativo. Establece un paralelismo con la historia de un cura que ha perdido la fe que ni funciona ni se integra con naturalidad en el conjunto (obviemos el grandísimo fallo de casting de Bardem como cura). No se cuestiona que la película defienda sus ideas saltando al vacío, pero sí las formas. El director americano ya se ha confesado en otras ocasiones con mayor fortuna, pero la relación de Kurylenko y Affleck ni conmueve ni emociona. Ella lo intenta y él es el convidado de piedra más inexpresivo del cine reciente. Se echa en falta lo más básico de todo. Conflicto. Menos melancolía visual. Terence Davies consiguió plasmarla de forma eficaz y elegante en The Deep Blue Sea, Neil Jordan hizo lo propio en El Fin del Romance, pero aunque Malick tiene talento compositivo, y sabe mover la cámara con una fluidez única, no acierta a la hora de mostrar el amor de otra forma que no sea mediante la recreación de los cuerpos y las caricias. Eso funciona a veces, pero no cuando se insiste en ello. To the Wonder no conoce otra forma de expresarse. Y ese es su principal problema. El espectador acaba agotado de tanto bucolismo amoroso. Incluso el más acostumbrado. Se valora la valentía del filme. Su exhibición a corazón abierto. Pero si hablamos de identificar el amor romántico con el amor divino es de recibo decir que el citado filme de Jordan conseguía llegar a su objetivo con muchísima más claridad y dirección cuando ella renunciaba ante Dios a volver junto a su amado si él se lo devolvía, rezando en una cama en mitad de un bombardeo. Ahí funcionaba. Y a Jordan pocos se lo reconocieron. A Malick le pesa el título de cineasta de culto. Ese es su escudo crítico. La gran excusa. Su iconografía ha acabado por enterrarle entre demasiadas caricias y atardeceres que ya no se respiran sinceras, representantes de la nostalgia religiosa de un director con muchísimo talento, un prestidigitador del cine demasiado condicionado por sus creencias. 

 

_Gonzalo Hernández

 

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