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Una nueva mirada a Anna Karenina Por Gonzalo Hernández Espinosa+

 
EL TEATRO ANTIGUO PRESENTA: 
 
Plano secuencia. La cámara se mueve del escenario de un teatro antiguo, de estilo barroco, al centro del patio de butacas, pero no hay asientos. La cámara se mueve entre una muchedumbre de personas que van y vienen, entran y salen moviendo escenografía, como en uno de esos grandes montajes teatrales de Broadway. Es la transición de una escena a otra. Pero en vez de un corte o fundido, Joe Wright opta por su ya lustroso ‘plano secuencia’. Un cambio de escenario plasmado literalmente.
 
El juego establecido por el cineasta en Anna Karenina, su último espectáculo de miriñaques y molduras rococó, es el reverso pomposo y épico que Von Trier ya estableciera en Dogville. Filmar una película cómo si fuera una obra de teatro. Donde el danés optaba por el mayor minimalismo posible, el despojamiento de todo cuanto fuera superfluo o innecesario, dejando la esencia y poder de una buena historia y unos actores varados en mitad de un escenario vacío con trazos de tiza en el suelo, el director inglés escoge el mayor de los excesos. Construye su película como el dueño de un circo fabuloso que sólo busca impresionar a su audiencia con sus ingeniosos trucajes e ilusiones.
 
Pero su exceso le pasa factura. El afán de Wright de trascender en su estilo sobrevuela incluso la integridad de los personas y el propio argumento. No es que estos se debiliten. Es que nada de eso importa. Sólo estoy yo. Mi cámara y un salón lleno de esculturas bailando. Knightley esforzándose con dignidad en sus limitadísimos recursos, Marianelli tocando un vals al piano, y mi nombre en pantalla, cómo una presencia continua y vociferante, cómo los epilépticos créditos de Enter the Void de Noe.
 
‘La película es una oda al ego de un cineasta. Un filme enamorado de sí mismo y de su elegancia, de su virtuosismo técnico y visual. De su afán de riesgo’
 
La película es una oda al ego de un cineasta. Un filme enamorado de sí mismo y de su elegancia, de su virtuosismo técnico y visual. De su afán de riesgo. Nada sucederá fuera del teatro. Los cambios de espacio serán a través de los pasillos, patios, sótanos y palcos de este gran edificio antiguo. Habrá músicos, campesinos, gente de circo. No sabemos de donde salen, pero estarán ahí, danzando. Literalmente. Dirigidos en sus movimientos. En cada giro y cada paso. Por haber, habrá hasta un coreografo, Sidi Larbi Cherkaoui, una de las piezas claves de la danza contemporánea, un artista para el que el baile es una forma de expresar las emociones humanas más profundas. Esa filosofía esta impresa en la película. Desde el principio los personajes se mueven con una fluidez y ligereza más parecida a la de un ballet ruso que a la de actores interpretando una historia.
 
Wright se mueve entre distintos registros. Y sorprende que uno de los primeros en evidenciarse sea el de la comedia. Un cierto tono humorístico, casi histriónico, que caracteriza a ciertos personajes, en especial al interpretado por Matthew MacFayden, el hermano de Anna en la ficción, hombre díscolo por naturaleza, sin remordimientos pero al mismo tiempo consecuente consigo mismo. Todos los personajes son un reflejo diferente de la situación por la que pasará Anna cuando se enamore del conde Vronsky.
 
El puzzle de Tolstoi es perfecto. Y Wright lo respeta, pero también lo utiliza para beneficio propio, encumbramiento absoluto de sí mismo
 
Por un lado su hermano y su cuñada, la adorable Kelly MacDonald. Una mujer que al principio se revela pero luego acaba aceptando la situación con resignación e incluso cierta paz. Por otro, la joven princesa Kitty (la magnética actriz de voz profunda Alicia Vikander), ingenua e infantil por naturaleza, aprenderá con el desengaño provocado por Anna y Vronsky, que al final es mejor la seguridad de una buena amistad, un amor que no es pasión, pero si comprensión y respeto, admiración incluso, antes que una pasión desaforada que sólo puede acabar mal. El puzzle de Tolstoi es perfecto. Y Wright lo respeta, pero también lo utiliza para beneficio propio, encumbramiento absoluto de sí mismo.
 
Parte de esas intenciones ya estaban presentes en la seminal Orgullo y Prejuicio, convertida ahora en la prima paliducha y simplona de la arrogante Anna, hipnótica en sus actitudes, hermosísima en su belleza. La cámara ya se movía entre las habitaciones con soltura. El cineasta estaba ahí, en el baile, con Elizabeth Bennet, desalojando el salón entero y dejando solos a los personajes en su fantasía. Es un recurso al que regresa de nuevo, sobredimensionandolo en uno de los momentos más brillantes de la cinta.
 
 Es una película que juega sobre seguro al adaptar una historia basada en un texto clásico, una de esas grandes historias épicas de amor romántico, con vals, lágrimas, y personajes luchando contra los juicios de la sociedad
 
Decía Pablo Berger, a colación de su última película, Blancanieves, que ‘el cine es riesgo, salto al vacío’. Que uno debe llegar lo más lejos posible, casi hasta rozar el ridículo, para ver de lo que es capaz. Que sólo así se alcanzan cosas extraordinarias, corriendo el peligro consciente del fracaso. Anna Karenina es dueña de esa filosofía. Es una película que juega sobre seguro al adaptar una historia basada en un texto clásico, una de esas grandes historias épicas de amor romántico, con vals, lágrimas, y personajes luchando contra los juicios de la sociedad. Pero también es una película que llega al límite de sus posibilidades, y a veces cae al precipicio del exceso involuntario. Establece una dualidad de emociones interesante, digna de discutirse. Irrita cuando no consigue autocontrolarse, pero al mismo tiempo te obliga a admirar su valentía al decidir desatarse de ese modo. Hipnotiza y pone a tiro que se la cuestione. Pone sobre la mesa ideas formales de gran fuerza y evidencia una labor ante la que uno puede terminar rindiéndose, cómo hace Anna ante la pulsión interior que siente hacia Vronsky, o revelarse y discutirlo, terminando fuera de la sala, sólo frente a las puertas del teatro donde se representa el gran espectáculo circense de la temporada: Joe Wright’s Anna Karenina.
 
 
_Gonzalo Hernández
 
 
 
 
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